Es raro que
pueda decir algo con total seguridad en este corto recorrido, pero sin
intención de equivocarme me siento en condiciones de afirmar que aún siendo
bastante joven he sido muy feliz...
Ridículamente
confieso que a mis cortos años he conocido parte de la alegría y la amargura,
se lo que es extrañar algo que jamás volverá, soñar y despertar con ganas de
seguir soñando, odiar al ser que robo y cuida de mi antigua felicidad y también
acusarme de ser la mayor culpable de perder un trozo del cielo, el único trozo
de cielo que se sonrojaba al estrecharse en mis brazos, el que podía hacerme
reír con pocas palabras y que revolvió mis sueños.
Asumo mi
total locura por un ser que ya no puedo mirar. Siento amor y algo de
desprecio por éste, que mirándome a los ojos juro eternidad, pero no
lloro al alejarse. Aún envuelta en su volátil recuerdo…