agosto 25, 2012

Nubes de crema



Montañas azul petróleo rodean la infinidad de un prado casi blanco, cubierto por la capa de escarcha que un frío amanecer ha dejado. Sus imponentes formas puntiagudas hacen creer que el mundo termina en el límite de los ojos. Los árboles formados linealmente en el lejano horizonte, parecen dejar descansar el peso de un cielo azul sobre sus copas. Otros más cercanos, acorralados por cercas de madera y alambre, crean con sus largos y poco inclinados cuerpos, pentagramas, con motivo de guiar el constante susurro del viento.  

Es una mañana fría, mis rígidos dedos buscan incesantes un poco de calor en los húmedos calcetines, algo parecido hacen mis manos, que frotando veloz dentro de los bolsillos encuentran mínimas sensaciones de tibieza. La calidez momentánea es más dulce en mi cuello, una sonrisa congelada aparece.

Entre el silencio y la soledad brota la imaginación. A la distancia sobre verdes montes pueden verse árboles amontonados, casi tomados de las manos. Sus figuran un tanto borrosas forman historias. Uno viejo y torcido reposa cariñoso sobre otro más pequeño, como un padre que intenta besar en la frente a su retoño. Sus hojas bailan al ritmo del viento, cada cual completando el paso de su compañero. 

Mientras los árboles descansan uno sobre otro, pienso que tal vez muchos llevamos en nuestras espaldas el abrazo del que ya se ha ido, sintiendo su compañía. Solo algunos, aún sorprendidos por dicha perdida, deciden inclinarse para sentir su peso, con fin de recordar su ya pasada existencia, asegurándose de no olvidarles, de tener pruebas concretas, sin ser víctimas de la traviesa imaginación.    

...puede que haya llegado el momento en que inclinarse ya no sea necesario, el peso de su evidente existencia recae sobre mis pensamientos, mi actuar. Sería difícil olvidar lo que me ha transformado. El tiempo pasa, las versiones se alteran. Y  es que no fue mortal, ciertamente solo fue la fuerza que necesita la mariposa para salir del capullo.